Esclavitud en la historia de Madre de Dios

En el año 1900, coincidiendo con el inicio de la quiebra del rubro cauchero que terminaría en la década de los años 20, el gobierno  peruano solicita a Roma la instalación de nuevas misiones católicas en la selva. Como respuesta, El Papa León XIII  ordena la creación de tres prefecturas apostólicas que actualmente constituyen los actuales vicariatos. Entre ellas estuvo la prefectura apostólica de Puerto Maldonado.

Para cuando se intensifica la actividad misionera, a principios de los años 20, los dominicos se encuentran con que las relaciones patrón-cliente que los caucheros establecieron con los indígenas y los colonos más pobres, y la alianza entre los caucheros y el estado en el ordenamiento burocrático de la región, habían creado un verdadero estado de excepción.  En un carta fechada el 30 de abril de 1916, el misionero Pío Aza  se defiende ante el subprefecto del Manu de la denuncia de un grupo de caucheros que querían explorar el Colorado; y denuncia a su vez la existencia de un mercado de compra–venta de seres humanos. Su carta es una fiel descripción de la suspensión del derecho que imperaba y que fundó a Madre de Dios.

“Dicen los señores firmantes que la exploración al Colorado no se ha llevado a cabo debido a los obstáculos que ofrecen los misioneros, lo cual es una falsedad manifiesta, ¿Cuándo nos hemos opuesto? ¿Dónde está el documento, el comprobante de nuestra oposición a las exploraciones? Es verdaderamente pueril y ridículo que nos vengan ahora estos señores con esta dificultad, con la que jamás tropezaron tantos y tantos personales de caucheros que han venido al Madre de Dios. […]A lo que nosotros nos hemos opuesto y nos opondremos con toda la energía de nuestro ser, no es a las exploraciones sino a las correrías, a ese asalto a mano armada, que se ha dado a los infelices salvajes […] ese cúmulo de crímenes espantosos […] Tan sólo citaré un caso. Un muchacho cogido en correría en el Alto Madre de Dios me refirió que a su padre lo habían asesinado abrazado a su madre, porque se negaba a abandonar a su puesto e ir con los asaltantes […] Este horrible mercado de seres humanos se presencia aquí en el Madre de Dios. Aquí se ha comprado una mujer por una mula, un muchacho por un poco de sal y unos tarros de pólvora y en nuestra misión de San Jacinto, en Maldonado, hemos recogido a una mujer que se había vendido por 60 soles […] El individuo que fue cogido en correría va pasando de mano en mano, de dueño en dueño, durante su triste vida; siempre arrastrando la cadena del esclavo. Está formándose una raza de esclavos”.

Cuando la actividad misionera comenzó a hacerse más potente, una de las primeras medidas que tomaron los curas fue la protección de las poblaciones indígenas de la explotación cauchera, con resultados diversos. Los caucheros pronto advirtieron que los misioneros competían con ellos, negándoles el acceso que hasta entonces habían tenido a las poblaciones indígenas como mano de obra. Aquella tensión pasó a ser un conflicto abierto  una vez que los misioneros se negaron a entregar hombres, mujeres y niños nativos para el servicio de los ciudadanos de Puerto Maldonado. Y aquella disputa fue la que había acabado con el violento ataque de los caucheros a la misión dominica de San Jacinto,  con el objeto de secuestrar a las niñas indígenas que las monjas educaban en una escuela. El 18 de octubre de 1920 una de las monjas de la misión había evitado que un muchacho de cierto prestigio en la ciudad consumase “lo que malquería con una interna del colegio”. Impedido de conseguirlo, había  levantado acusaciones contra los curas, y como consecuencia de ello numerosos hombres armados con machetes, escopetas y rifles (llegaron para) matar […] a los padres y, según decían, también a los indígenas que estaban en el internado” (Soria Heredia, 1998: 104).

El ataque tuvo que ser sofocado por los soldados de la guarnición militar establecida en la ciudad.