Colonización y enfermedad en la Amazonía

Escribe: Gabriel Arriarán

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Desde que el inca Túpac Yupanqui enviará hacia una tropa de 10 mil hombres para la conquista del Amarumayu y perecieran la mayor parte de sus soldados en esta expedición fracasada, la selva siempre se resistió a la implantación de cualquier Estado. Expediciones coloniales como la de Pedro de Candia o Juan Álvarez Maldonado, para seguir con el ejemplo de Madre de Dios, acabaron en historias terribles de asesinatos, canibalismo y necrofagia. Las misma historia de tragedia y muerte se repitió con las expediciones científicas como la del marqués de D’ Orsigny, a mediados de lis 1840, y no fue sino hasta el estallido de la fiebre cauchera que los territorios amazónicos pudieron finalmente integrarse a estados nación de América del Sur. Con todo, la resistencia al Estado allí, todavía es patente.  

Desde ciudades-estado, como Lima, el Amazonas se configuró como un territorio que escapa a la norma, o el que se encuentra en los márgenes de la ley. Los márgenes, por otra parte, suelen ser los  contenedores de gentes “insuficientemente socializadas por la ley”, dicen las etnógrafas Veena Das y Deborah Poole como editoras de una colección de artículos antropológicos francamente sobresaliente: Anthropology in the Margins of the State  (SAR Press, 2004). La Amazonía, pues, es la contenedora de poblaciones que al Estado le cuesta mucho leer y entender, cuando no es que, sencillamente, las proscriba. No es casualidad que allá en la frontera se establecieran leprosarios como el de San Pablo, o colonias penales como la del Sepa. Y fue, entre la disciplina codificada para la producción social del nuevo ciudadano amazónico, una vez integrada esta región a los estados nacionales, y la articulación entre la  leyes y los cuerpos de gentes aún sin civilizar, o excluidas de la civilización y empujadas hacia la enfermedad o el crimen, que se forjó históricamente una paradoja entre la supervivencia y la ley. 

Buena parte de los primeros registros etnográficos, escritos por médicos, constituyen el epítome de esta paradoja. Aquí me referiré a tres ejemplos. Los informes de los médicos de las comisiones exploradores del ítsmo de Fitzcarrald y del Río Tambopata, de los doctores Miguel Marticorena y Luis Pesce de la Junta de Vías Fluviales, y al libro La vida en la Amazonía peruana de Máxime Kuczsynski, padre del actual presidente del Perú, y médico que estuvo a cargo del leprosario de San Pablo, en Loreto. 

y llevan las posibilidades de su representación fotográfica hasta el final. Existe, en esta literatura, unas prácticas poderosas de asociación entre las gentes de la selva y la enfermedad, en particular, entre la Amazonía y enfermedades deformizantes como la lehismaniasis (UTA), la lepra o el bocio

Si hay un libro que exprese esta paradoja, 

Las fotos que tomó Máximo Kuczynski (el padre del actual presidente del Perú) y que publicó en su libro “La vida en la Amazonía peruana”, hablan pues de un entorno colonial y colonizado, productor de cuerpos y subjetividades deformadas, ámbito natural de las enfermedades en los colonos, o de salvajes, que fue como se sigue caracterizando a las poblaciones nativas, lo que está más allá de las fronteras del estado y el mercado.

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Toda una disciplina se codificó para la producción de lo que el médico de la comisión exploradora del río Tambopata, Miguel C. Marticornea, en 1902 llamó “el individuo aclimatado”; un hombre por lo general “delgado de cuerpo y un tanto pálido”, aunque no  “débil ni anémico”, “bien musculado, sin vicios ni taras fisiológicas”. La producción de este nuevo hombre amazónico constituyó la placenta política de la que debía nacer una nueva ciudadanía en la selva. Las rutinas codificadas por el mismo Marticorena, y por el médico de la comisión exploradora del Itsmo de Fitzcarrald, Luis Pesce, son una disciplina para “la conservación y desarrollo de las energías físicas” y la “conservación y empleo de la energía moral y potencia intelectual”, “tan debilitadas en dichos lugares por el clima laxante y por el ambiente exento de las distracciones, compensaciones y recursos de que rebozan las regiones de clima templado y avanzada civilización”, que pasaron por la dieta, el vestido, y hasta las actividades diarias que debían realizar los recién llegados a la Amazonía.

  • Los colonos debían ingerir aves, según Marticorena, “preferentemente las que comen granos: pavos, paujiles, hasta loros”, productos vegetales lavados a conciencia o hervidos en caldo, y plátanos “no en exceso maduros para evitar fermentaciones gástricas”; también debían precaverse de comer animales carnívoros o que “puedan nutrirse de cadáveres, ya de salvajes o de animales infectos”, sin duda de la carne de monte ahumada, principal fuente de gusanos intestinales; de la fariña obtenida mediante la “fermentación sucia y repugnante que usan los salvajes y los mercaderes”; y sobre todo de las bebidas alcohólicas, “pues a ellas se debe en gran parte muchas de las recriminaciones que se hace a la montaña”.

Su vestido debía ser por lo general ligero: “camisa, calzoncillos y calcetines de algodón; saco y pantalón blanco de dril, botines o botas gruesas y resistentes y sombrero de paja”. Bajo ningún concepto debían dormir con la ropa usada durante el día. Se les recomendaba tomar un baño por la mañana y “pediluvios cada vez que se ensucien los pies”, además de renovar la ropa mojada por el sudor.

El sueño era importantísimo. La siesta era obligatoria al medio día, “convenientemente media hora después del almuerzo y no muy prolongada”, pues ésas son las horas de mayor calor “en las que cualquier esfuerzo resulta penoso”. Según Pesce, a los colonos se les sugería acostarse después de las 10pm y “evitar vigilias largas y entretenidas”, siempre en una cama a “cierta distancia del suelo y bien abrigados de la lluvia, la humedad, el frío, los vientos y de los pequeños animales nocturnos”, cubiertos por un ancho mosquitero; levantarse después de la salida del sol y practicar una “ablución fresca y rápida”, seguida de un pequeño desayuno y la ingestión de alguna bebida “a fin de compensar las pérdidas ocasionadas por el sudor durante la noche”.

Finalmente, ambos médicos concordaban en la necesidad de ciertos trabajos espirituales y “especulaciones del espíritu”, y de ejercicios moderados, los primeros, preferentemente en la mañana o en la tarde, de forma mucho más moderada que en las ciudades y nunca durante “muchas horas consecutivas ni en las horas del medio día o de la noche”; y los segundos, “paseos lentos en las horas frescas de la mañana o de la tarde […] la caza, la pesca y algunos Sports que no exijan mucha agitación”.

Este nuevo e ideal habitante de la Amazonía se representó también en la fotografía del mismo Máximo Kuczynski.

About Gabriel Arriarán

Es el director de Frontera Pirata. Licenciado en antropología por la PUCP, MsC in Social Anthropology por el LSE. Trabajó como reportero en LaMula.pe, fue colaborador de la revista Frontera D, en España, y de la plataforma de periodismo de investigación Convoca.pe, en Perú. Fue uno de los periodistas que participó de la investigación de los Panama Papers. Escribe sobre la actual fiebre del oro en la Amazonía, e investiga casos de trata de personas asociados a las mafias de la minería ilegal.