Domingo

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Domingo es bajito, tiene los ojos achinados y alegres, los dientes grandes, blancos y chuecos como los de un conejo, y el pelo corto y trinchudo.

Nació en Pisac. Su padre murió cuándo él era todavía muy pequeño. Su madre, alcohólica, contrajo matrimonio con otro hombre poco después de enviudar y dejó a Domingo a cargo de sus hermanos menores para irse con su nuevo marido.

Desde que tiene uso de razón, Domingo ha servido en casas de Pisac, Cusco y Madre de Dios. Primero, fue dado en servidumbre a otra familia de Pisac. Una boca menos qué alimentar para su madre. Luego, para deshacerse de él su padrastro lo entregó como pongo a una pariente en el Cusco.

En el albergue de la Asociación Huarayo donde vive en la actualidad, dicen que cuando llegó Domingo tenía vergüenza de comer tres veces al día. Tenía el impulso de guardar la comida para cuando faltara, pues eso es lo que había hecho siempre para que sus hermanos, o él mismo, pudieran comer al día siguiente. Las profesoras del albergue debían insistirle, hay comida para la noche, no te preocupes, come nomás.

Domingo ha pasado de mano en mano, entre una familia y otra, siempre en esta condición de semi esclavitud (conocida en el Perú como pongaje) desde que salió de Pisac. La mujer que lo tenía en Cusco lo entregó a un vecino cuando ya no pudo alimentarlo, y cuando aquél hombre decidió irse a trabajar en el oro en Madre de Dios, entregó a Domingo a una ferretera de La Pampa. Una vez, durante las fiestas de Mazuco, todos los niños del albergue salieron a dar una vuelta por el pueblo, y Domingo pudo reconocer al hombre que lo había llevado al corredor minero. Cuando por fin lo encontraron de vuelta, en el albergue, el niño no paraba de temblar del miedo de muerte que se le había metido dentro.

En La Pampa, trabajó durante el día en la ferretería de aquella mujer. Despachaba herramientas e insumos a los mineros. Por las noches, era forzado a vender cigarros y chicles en las inmediaciones de los burdeles del poblado minero. Si cada noche no reunía un mínimo de cincuenta soles antes de volver a la ferretería, lo golpeaban. Así aguantó tres meses. Domingo contó a sus profesoras del albergue que una mañana quiso morirse y que comenzó a caminar sin rumbo por una trocha, sin saber hacia dónde iba ni cómo matarse. Sobre el medio día, un motociclista que volvía del campamento de cargar petróleo, se cruzó con el y ofreció llevarlo hasta la carretera. Aquella noche, Domingo fue a parar a casa de otra mujer, en el Km. 106 de la carretera Interoceánica.

Allí estuvo unos meses. Con el correr del tiempo, su nueva patrona se encariñó con él y quiso quedárselo, adoptarlo –como todo lo que sucede en ese lugar– de manera informal. Pero sus amigas del barrio la aconsejaron. Le dijeron que lo que quería hacer es ilegal, que una no puede quedarse con un niño así como así, y que mejor lo llevara a la Fiscalía, que ellos sabrían qué hacer con él.

La fiscalía nunca supo qué hacer con Domingo. Lo derivó a la Defensoría, pero ellos tampoco tenían un espacio para acogerlo. Y así fue como llegó al albergue para niños de la Asociación Huarayo, en Mazuco.

Nunca se supo quién había sido la mujer que lo explotaba en La Pampa, ni mucho menos se logró denunciarla. Anduvieron buscándola, pero los campamentos mineros se desplazan por el territorio como babosas gigantes, arrasando todo a su paso, y los comercios y los burdeles van pegados a ellos como rémoras.

Cuándo a Domingo le preguntaron que cuántos años tenía, no supo qué responder. No lo recordaba. No sabía leer ni escribir. Sólo recordaba que era oriundo de Pisac y que uno de sus hermanos mayores vivía en Sicuani.

Por primera vez en su vida comenzó a asistir a la escuela. Mientras en el albergue esperaban a que llegara su partida de nacimiento de Pisac, lo matricularon en el primer grado de primaria. Aparentaba tener 7 u 8 años. Cuando llegó a Mazuco su partida de nacimiento supieron que Domingo tenía 13. Desde entonces, el niño siente vergüenza de estar en tercer grado de primaria cuando los otros chicos de su edad ya están entrando a la secundaria. A veces se inmiscuye entre sus tareas de matemáticas, pero no entiende nada.

No obstante, es el engreído de sus profesoras. Las ayuda con sus compañeros de clases, algunos años menores que él, y todas dicen que se trata de un niño con una gran ternura y un gran corazón.

Tiene una camiseta del F.C. Barcelona. En el dorso de la zamarra dice: Messi.

Nota: los nombres de las víctimas de trata que aparecen en el blog no corresponden con la identidad real, son seudónimos.

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