Jaque a la Reina

Crónica a tres partes sobre las pistas y el operativo que montó la División de Investigaciones contra la Trata de Personas (DIVINTRATP) para capturar a Clara Quispe Quispe, la Reina del Delta, y desarticular a su banda de tratantes de mujeres en Madre de Dios.

STÉFANY

Marcela.

“Marcela lleva la sagrada blanquirroja sobre el pecho”, se lee en los titulares. La foto a todo color de una de las malcriadas de El Trome se mece prendida de un gancho a un puesto de periódicos en la plaza de Santo Domingo, en la ciudad de Huánuco. Chimpunes, canilleras e hilo dental, la 10 de la Foquita Farfán apenas cubre los pezones de unas tetas de campeonato. “Con una delantera como la de Marcela ganamos por goleada a Chile”, reza la última página del pasquín.

Es el siete de enero de 2013.

Al costado, un tablón con una regular cantidad de ofertas de trabajo se apoya sobre la endeble estructura de madera del puesto de periódicos: “Se busca cocinera”, “Se requieren los servicios de personal femenino de limpieza”, “Se necesitan meseras”. Todos los empleos ofertados ofrecen buenas remuneraciones. Como no sea que se dediquen a la producción de hojas de coca y pasta básica, o al tráfico de cocaína, los grandes motores económicos del departamento, son sumas inalcanzables para los estándares salariales de chicas apenas escolarizadas, sin formación profesional: mil doscientos, mil quinientos, dos mil soles mensuales. Todos las ofertas requieren que las postulantes viajen inmediatamente fuera de la ciudad.

Desde el interior del quiosco dos hombres ven acercarse a una chica. Apenas ha dejado de ser una niña. Se llama (se llama realmente) Stéfany, y tiene 18 años.

– Amiga, ¿te puedo ayudar en algo? –pregunta José Romel Ramírez Céspedes.

Al lado, su hermano, un gordito con un polo a rayas y jeans, observa. Su nombre es Claver, pero en la ciudad, seguramente por lo gordo, lo llaman Lonja.

– Yo te puedo conseguir un trabajo, pero como mesera en Cusco –propone Lonja– te puedo pagar hasta 1000 soles mensuales, aparte de la alimentación y el hospedaje. ¿Necesitas dinero ahora? Te adelanto la primera mensualidad. ¿Qué dices?

La chica duda, desconfiada. Lonja sigue:

– Tranquila. Eres hermana de Efraín y Luciano, ¿no? Si yo conozco a tus hermanos. Toma, mira, mi DNI. Ahora dame el tuyo, y espera aquí, que te voy a presentar a la dueña del negocio.

Lonja desaparece con los documentos de la muchacha y al poco rato vuelve con una mujer, que confirma que el ofrecimiento es real.

– Es más, te pago el pasaje a Cusco –agrega la desconocida.

Ese mismo día, Lonja la embarca a Lima.

“Yo acepté sin presagiar lo que pasaría”

Stefany ve las luces encendidas de la capital aquella noche de verano. Desde Huánuco, la desconocida ha hecho con ella el viaje en bus a Lima. Mientras la mujer la conduce por el Paseo de la República, ve el nuevo Estadio Nacional, el Zanjón, los halógenos de Polvos Azules. Al doblar por la Av. 28 de Julio rumbo a La Victoria, ambulantes venden turrones de un extraño color naranja fosforescente, y las emolienteras sirven vasos de quinua con manzana en sus carretillas a un par viandantes.

Se detienen frente a un hostal. Ingresan a una de las habitaciones. Stéfany encuentra con un variopinto grupo de chicas; todas de Huánuco, como ella. Son Natalia, que camina cojeando porque debido a la polio tiene una pierna algo más larga que la otra, Gladys y Gelsys, dos jóvenes hermanas de similar edad, y Eleonora, que va a cumplir treinta, está casada y tiene dos hijos. La mujer les ordena que la esperen allí, que no se muevan, y desaparece. Instantes después las cinco chicas caminan hacia la empresa de transportes CIAL, y se embarcan con la desconocida rumbo al Cusco.

Dos días después de salir de Huánuco, Stéfany y las demás chicas han llegado a la ciudad imperial. Allí las espera una mujer llamada Maribel que, en un hostal como en el que se habían alojado por unas horas en La Victoria, esperan trece mujeres más. Allí deben esperar todas, encerradas.

– Nos vamos a Puerto Maldonado –cuenta una de las trece chicas que habían estado esperando en el local.

– ¿No íbamos a trabajar aquí, en Cusco?

– No. Vamos a trabajar como meseras en un pueblo llamado Delta 1, en Madre de Dios.

Un rato después Maribel les confirma lo dicho. Ni una queja, ni una palabra. Durante el camino ninguna dice nada. La única que habla es Maribel, por el celular, con la desconocida que viajó con Stéfany a Lima y a Cusco. Dos autos las esperan al llegar a Puerto Maldonado. Viajan cuatro horas por la Interoceánica y luego las diecisiete chicas abordan un bote. Dos horas más de viaje. Caminan por las calles barrosas del poblado minero, pasan por la plaza, por una tienda que compra y vende oro al por mayor, Royal Gold, por el mercadillo de precarias chabolas techadas con plásticos azules: camionetas y pequeños camiones estacionados, perros husmeando en los montículos de basura, ratas, mujeres aguaitando por los balcones de los prostibares.

– Aquí van a trabajar –les dice por fin Maribel, al detenerse frente a la puerta de un local.

Pintado sobre la pared, en letras grandes con colores fosforescentes, reza el nombre de lugar:

“Bar Taboo”

La segunda planta del Taboo es una amplia pero oscura habitación de suelo entablado. La luz entra por un ventanuco que da a un balcón y de allí a la calle. Hay filas de camarotes adoquinados contra las tablas que forman las paredes, y sábanas sucias y viejas y colchones de espuma sobre el suelo, pero no son suficientes para cada una. Tendrán que compartir.

– Aquí van a dormir –resuena una voz ya conocida por todas

La desconocida que viajó con Stéfany aparece por las escaleras de caracol que dan a ese ambiente, mientras las chicas exploran la precariedad de su alojamiento, y la miseria en la que se sumirá sus vidas en los próximos meses.

– No van a trabajar como meseras –por fin confiesa la voz– Trabajarán como damas de compañía.

“¿Qué es una dama de compañía?”, escucha Natalia que le susurra Gelsys, que no lo sabe. “Una puta”, responde.

– Sus ganancias dependerán de cada servicio

– Cada servicio cuesta doscientos soles. La mitad queda para la casa. La otra mitad es de ustedes. Pero eso sí, la totalidad se lo tienen que entregar a los administradores. Si logran que los clientes tomen cervezas, por cada botella que les vendan ustedes reciben dos soles de comisión. El trabajo comienza a las dos de la tarde y termina a las seis de la mañana.

“Yo me voy”, dice Gladys. “Estoy no hay quién lo viva”

– Si intentan escapar llamaremos a sus familias y les contaremos que ahora trabajan como putas. Ahora, vayan todas a bañarse y pónganse estas minifaldas. Comienzan esta misma noche.

El nombre de la desconocida es Clara Quispe, pero allí la conocían como La Reina del Delta.

Diez días después, Stéfany no ha recibido un centavo ni por los servicios ni las cervezas que ha vendido a los mineros. La totalidad de los ingresos la guardan los administradores del Taboo. Les han dicho que les pagarán cuando los gastos que ocasionaron el transporte y el alojamiento de las chicas estén cubiertos. Pero esa deuda sigue creciendo con las multas que el Taboo impone a las chicas: cien soles por hablar con un desconocido fuera de las horas de trabajo, doscientos soles por salir a la calle sin permiso, doscientos soles a cada una por no ordenar la habitación que comparten. Solo les basta existir para que su deuda siga creciendo.

Han pasado 10 días desde la mañana del 7 de enero de 2013, hace diez que la familia de Stéfany no tiene noticias de ella. No saben donde está, ni dónde buscarla, cuando sus hermanas Janet y Lourdes reciben a través del Messenger el mensaje de un desconocido, que pide que le depositen doscientos cincuenta soles para ayudar a liberar a Stéfany de donde la tienen retenida. Su nombre era Joel Ardiles Marmanillo. Al día siguiente, Valeria, la hermana mayor de Stéfany acude a la policía de Huánuco, y de allí la derivan a la DIVINTRATP (División de Investigaciones contra la Trata de Personas), en Lima:

– Habla el comandante Hugo Florián Pretel, dígame.

DE ENCUBIERTO EN EL DELTA 1

A través de una ventanilla cerrada a cal y canto van pasando montículos de arena removidos por la minería informal, casas de ladrillo, a medio construir, retroexcavadoras y caterpillars, albergues temporales hechos de palos amarrados y mangas azules de plástico, todo bajo unas nubes blanquísimas y el intenso cielo azul de la Amazonía. El aire acondicionado a tope, por la radio suenan unos sintetizadores y luego la inconfundible voz de Charly García, que canta:

Oh, no puedes ser feliz.

con tanta gente hablando a tu alrededor

Oh, dame tu amor a mi

le estoy hablando, hablando a tu corazón.

A cien kilómetros por hora, el alférez Nelson Pineda viaja en una camioneta por la carretera interoceánica a infiltrarse como agente encubierto en la isla del Delta 1. Junto con él viaja un agente de apoyo.

Un rato después, han subido la camioneta a una plataforma entablada sobre dos botes para cruzar el río Inambari. Los policías cruzan en una lancha aparte. El rostro lampiño, todavía adolescente, del alférez Pineda aparece por primera vez filmación con un iPhone 4 pegado a la oreja.

– ¡Qué tal cara de pajero!

– Deja llamar, oye.

– Estoy filmando, soldado .

Unas nubes comienzan a cubrir la caída del sol mientras la lancha se desliza a velocidad sobre las doradas aguas del Inambari. Pineda se preocupa: no hay señal. Y tampoco tienen radio, y están a seis horas de Puerto Maldonado.

– ¿Nos van a esperar aquí no? –pregunta al motorista.

No obtiene respuesta.

Entrarán al Delta 1 solos, y sin apoyo.

A la mañana siguiente gruesas gotas de lluvia repican sobre las calaminas que techan el precario alojamiento que el alférez Pineda y el agente que lo acompaña han tomado para pasar la noche. Un cameo describe la miserable realidad del Delta 1. Deben ser como las siete, a lo más, las ocho de la mañana. Desde la ventana del hostalito ven algo similar a una plaza, en este pueblo minero: las calles de tierra, comercios con las puertas abiertas que protegen a sus clientes de la lluvia o el sol con calaminas inclinadas y soportadas por dos horcones, una gran tienda de compra y venta de oro de la empresa Royal Gold, cabinas de teléfonos, un endeble mercadillo de chabolas con mangas de plástico azul como tejados, varias camionetas pick-up, pequeños camiones y un tractor Volvo estacionados bajo la lluvia. La temperatura debe haber bajado: dos chicas aguaitan por los balcones de uno de los hostales hacia la calle, enfundadas en sweaters y jeans; alguien que pasa en una moto, una mujer cruza la calle saltando por encima de los charcos que se han formado. Los focos ahorradores de algún hostal todavía emiten su luz halógena, antenas parabólicas y cables se extienden entre tejado y tejado.

Hay un puesto de la policía en el Delta 1. Pero precisamente ellos tendrán que ser los últimos en enterarse que estos agentes de la División de Investigaciones contra la Trata de Personas (DIVINTRATP) han ingresado de encubierto a su jurisdicción.

El alegre (alegre para el resto del mundo) espíritu de los ochenta hecho música por Charly García ha dejado de sonar. Suena en cambio el alma de nuestros tiempos: una cumbia sin letra, o con una letra incomprensible.

Horas más tarde, cuando escampa, Pineda y su acompañante salen a dar una vuelta por este pueblo del oeste en el siglo 21. Pineda lleva el iPhone en la mano, así que las imágenes se van moviendo precipitadamente al compás de sus brazos. Avanzan por una calle entera de prostibares a un lado y otro de la acera: “La Caleta”, “Luna Pasión”, “Garotas”. Los locales no tienen puertas y cubren la entrada con cortinas negras o rojas, fuera de las cuales, sentadas sobre una larga banca, o de pie al lado del ingreso, descansan varias mujeres. Los agentes se detienen frente a “Garotas”. El entablado que hace de pared está pintado de un rojo carmesí, el nombre del local y la apostilla “video pub” están escritos en una gruesa caligrafía amarilla y verde fosforescente. Hay un pergamino pintado sobre la pared, y sobre él, una oración ilegible. Una chica espera sentada sobre una banca. Un minero que pasa por la acera se detiene a abrazarla y besarla, y luego sigue su camino.

– Tómate una foto –dice el álferez Pineda a su acompañante.

– Mi amigo se quiere tomar una foto contigo –bromea el agente con la chica– ¿se puede o no?

Pineda se ríe, da un empujón a su compañero.

– Anda a tomarte una foto.

Se ve al policía cruzar la calle dando saltitos sobre los charcos, y acercarse a la banca adonde han llegado dos chicas más. La que se encuentra más cercana a la entrada se cubre el torso y la cara con la cortina de encaje de medio pelo que hace las veces de puerta, y se esconde de la cámara.

No parecen pasarla mal, los policías encubiertos. Por el contrario, parece que se divierten. En los quince días que dura el operativo encubierto (quince días en los que su trabajo consiste básicamente en irse de putas) han notado la presencia de Clara Quispe Quispe (es ella, Pineda, ¿es? Si, ella es); y tomado contacto con las chicas del Bar Taboo, en particular con las hermanas Gladys y Gelsys, con Eleonora y Natalia.

Por fin, luego de frecuentar el Taboo durante algunas noches, los agentes salen al descubierto con las chicas. Botellas de cervezas medio llenas, medio vacías, vasos con restos de espuma, posan sobre una mesa de plástico mojada y sucia. Somos policías, confiesa el agente. No teman, hemos venido a rescatarlas ¿A rescatarnos? Bajen la voz, no digan nada. ¿No están aquí para extorsionarnos? Eleonora piensa en su marido, en los dos hijos que dejó en Huánuco: ¿para pedirnos dinero a cambio de no decir nada a nuestras familias? La señora nos debe tres meses. Gelsys: nos ha dicho que al cabo de los tres meses va a pagarnos. No les va a pagar nada. No digan nada. Yo no me voy hasta que no me paguen lo que me deben. No van a pagarte nunca, que no lo ves. Natalia y Gladys, en cambio, están felices de salir por fin de allí. Nos trajeron con engaños, jefe, nos tienen amenazadas, la administradora nos dice que nos ha filmado acostándonos con los mineros y que si nos vamos va a colgar la filmación en YouTube para que la vea todo el mundo, y se la mostrará a nuestras familias. En esos días, los policías han advertido la discapacidad que sufre Natalia.

– Que tales conchesumadres –dice el agente encubierto al dejar el prostibar– explotar así a la cojita.

No sólo eso. Gelsys había salido embarazada. Cuando la Reina del Delta notó que ya no consumía alcohol con los clientes, la obligó a tomar una pastilla. Le dijo que era para prevenir el dengue, pero era una pastilla abortiva. Horas después, Gelsys comenzó a sentir intensos dolores en el vientre y fue llevada por los administradores del Taboo a una clínica, donde le practicaron un aborto. 

En esos días, un escalofrío paranoico recorre el espinazo a Pineda: no son de allí, no se visten como mineros, no tienen cara de mineros, y la gente lo ha notado. ¿Qué chucha hacen dos turistas en Delta 1, Nelson? Teme que los mineros los confundan, que piensen que están haciendo una labor de inteligencia por la minería ilegal y, sin apoyo, sin guías que puedan conducirlos de vuelta hacia la Interoceánica, a seis horas de Puerto Maldonado, y sin señal telefónica, se produzca una gresca y no puedan salir de aquella isla en el culo del mundo.

EL JOVEN ALFÉREZ NELSON PINEDA POSA PARA ESTE REPORTAJE EN UNA OFICINA DE LA DININCRI

Los garbeos por el pueblo luego de quince días han dado luces sobre de la estrategia que habrán de utilizar. Lo primero, la intervención al Bar Taboo que regenta Clara Quispe Quispe, no puede hacerse de noche. A ésas horas todos los prostibares revientan de mineros borrachos, y cabe la posibilidad que más de uno se levante y se ponga belicoso. Ese sería el peor escenario. Sería una cagada, Pineda. Luego, necesitan transportes suficientes para sacar a las chicas del lugar. No pueden ser transportes oficiales de la policía, porque la gente los vería llegar y llamarían inmediatamente la atención, se pasarían la voz y los mineros podrían confundirse: ¿están allí para una interdicción minera o para intervenir un prostibar? Tiene que ser temprano por la mañana, Pineda, sobre las 7 o las 8, cuando los prostibares están cerrando y los mineros hayan vuelto a trabajar a sus campamentos, se caigan de borrachos o tengan una resaca tan descomunal que los incapacite para reaccionar. A esa hora de la mañana el pueblo estará casi vacío, las chicas estarán por irse a dormir y los administradores del Taboo estarán haciendo caja y muriéndose de sueño. Allí, allí tiene que ser. Tienen que ser en camionetas alquiladas en la zona, y dos guías, que les muestren el camino de regreso a la Interoceánica a través de la intrincada red de trochas carrozables que atraviesan los campamentos.

Ésa es.

Y así es como lo hacen: seis meses después de iniciadas las labores de inteligencia: en este tiempo han pedido autorizaciones judiciales e interceptado los teléfonos de toda la red de tratantes en Huánuco, Cusco y Puerto Maldonado: y delineado con claridad el modus operandi de la organización de Clara Quispe Quispe, La Reina del Delta.

Es finales de septiembre o principios de octubre cuando dos camionetas pick up vadean el cauce de un río, prácticamente seco en esta época del año. Dentro de ella van el comandante Florián Pretel, y entre los oficiales que efectuarán el operativo, va también el alférez Nelson Pineda, todos con los chalecos negros estampados con grandes letras amarillas en la espalda: “Policía”. Son las siete de la mañana cuando se cuadran frente al Taboo. Tal como habían previsto, las chicas están a punto de irse a dormir, un minero borracho se mece como un porfiado sobre una banca, a punto de quedarse dormido, cuando Pineda ingresa al local.

No hay grescas, ni es necesario el uso de la violencia. Todo transcurre con la más absoluta tranquilidad. Comienzan a subir a las chicas a las camionetas, para sacarlas de allí. Al comandante Pineda le informan que en Puerto Maldonado ya han sido detenidas Leyla Calderón Choque y Karin Galicia Guardanaula, las regentas del prostibar, cuando Pineda sube a la segunda planta, a las habitaciones donde duerme el resto de mujeres.

– Era una ratonera –cuenta para esta entrevista.

El alférez sube por unas escaleras rociadas con petróleo y entra a un amplio espacio oscuro, apenas iluminado por una ventanita que da a la calle. Por entre las sábanas que cubren los camarotes se asoma una cara, dos, tres. Hay chicas tumbadas sobre sucios colchones de espuma en el suelo, y bebés de los que, hasta ese momento, no habían tenido noticia. Niños que en ese instante son amamantados, concebidos allí mismo en una noche cualquiera sobre un catre inmundo, hijos de algún minero que jamás se enterará de su existencia y, muy posiblemente, si la supiera, no la reconocería. Es una escena cotidiana, tranquila, de la miseria en el Delta 1.

– Las chicas no fueron llevadas ni retenidas contra su voluntad –declarará la abogada de Clara Quispe Quispe días después, en la DININCRI– allí se les daba casa, comida, se las trataba bien, vivían felices.

Lo cierto es que si esas chicas y sus bebés vistieran trajes a rayas con estrellas amarillas de David cosidas sobre la tela en vez de minifaldas, jeans apretados, buzos y tops, aquello sería Auschwitz, directamente.

La Reina del Delta no aparece por ninguna parte.

Las camionetas se detienen en lo que parece un campamento minero abandonado, en las afueras del Delta. El alférez Pineda, el resto de agentes de la policía, y las mujeres rescatadas se dirigen hacia algún embarcadero en el Inambari. Dos mujeres aparecen en el asiento trasero de la camioneta. Las chicas pueden ser agentes femeninas que infiltraron uno de los prostibares del Delta, pero se oye el quejido de un niño pequeño, y las mujeres lucen largos pendientes. Si no son de la selva, han vivido allí hace ya demasiado tiempo. Lo más probable es que se trate de dos de las tantas mujeres que eran explotadas en el Bar Taboo. Como sea, es imposible saberlo, el coronel Merino ha pedido al alférez Pineda, al comandante Pretel, y a sus demás agentes que no revelen las estrategias de la División durante las entrevistas.

Una hora más tarde, la camioneta se interna en el monte por una trocha de barro y cascajo. El cielo se ha encapotado, está a punto de hacerse de noche. Pineda filma hacia adelante los limpia–parabrisas y las paredes de bosque que encajonan la vía. El cristal de la camioneta se ha rajado. Luego saca la cabeza por la ventana y voltea y filma la tolva del vehículo, donde van las chicas que han rescatado. Y el agente que lo había acompañado cuando entraron de encubierto en esta tierra olvidada, le dice:

– El camino que has dejado atrás, quieres ver.

JAQUE A LA REINA

 

Desde la acera de enfrente, unos efectivos de la policía al mando del comandante Hugo Florián Pretel vigilan una modesta quinta de los suburbios del Cusco. Hace ya varios días que una chica sale de casa sólo para botar la basura y comprar algo de comida en la bodega de la esquina y, al entrar o al salir, asoma nerviosa la cabeza por la ventana y vigila la calle por breves instantes. Cuando cae la noche, las ventanas y las cortinas de aquel departamento siguen cerradas, pero las luces quedan encendidas hasta las dos o tres de la mañana, y unas sombras pasan por detrás, cruzando la habitación. Gesticulan.

– Por lo menos hay dos personas más en el interior de la vivienda. La mujer no está sola, mi comandante.

– Es verdad. Parece que la información es buena.

A la mañana siguiente observan que los sospechosos se mueven con más normalidad: la chica que involuntariamente los ha guiado hasta esa casa, sale llevando a un niño al colegio, tomado de la mano, y en ese mismo momento otra mujer se asoma brevemente por la ventana.

Los efectivos la han identificado.

Pretel decide reducir la vigilancia.

Han pasado diez meses desde que el 17 de enero de 2013 Janet y Lourdes, recibieran a través del Messenger una notificación indicándo que depositaran doscientos soles a la cuenta de Joel Ardiles Marmanillo para ayudar a escapar a su hermana Stéfany de la red de trata que la tenía secuestrada, tiempo en el que la DIVINTRATP ha montado un complejo operativo. Durante estos meses, los policías han solicitado al Poder Judicial el levantamiento de la privacidad de las comunicaciones de los nombres filtrados por Stéfany. Así, lograron chuponear los celulares de la Reina del Delta y sus secuaces, Lonja y Maribel o, más específicamente, de Clara Quispe, Claver Ramírez y Yoana Masías Borda y, a través de ellos, descubrieron a los demás integrantes de la banda: José Ramírez, hermano de Claver y encargado de transportar a las jóvenes de Huánuco a Lima, a Elías Farfán Salazar, alías, tío Juan, pareja de Clara y responsable del transporte de las víctimas de trata de Cusco a la zona minera de Madre de Dios, y a Leyla Calderón Choque y Karin Galicia Guardanaula, que ejercían el control directo sobre las víctimas en el Bar Taboo, aplicaban los castigos físicos e imponían las multas con las que la red aumentaba las deudas leoninas de las chicas retenidas, y las que cobraban el dinero que los clientes pagaban por la venta del licor y los servicios sexuales de las chicas.

Los operativos simultáneos de seguimiento y vigilancia en Huánuco, Lima, Cusco y Madre de Dios, vienen a confirmar lo que la DIVINTRATP ya sabe o sospecha: los roles de cada miembro, las rutas que suelen utilizar, los lugares dónde alojan a las chicas a lo largo del camino y las empresas de transporte que prefieren, entre ellas, la empresa de transportes Palomino. El 14 de mayo del año pasado, Lonja es filmado en Huánuco, enredando a una nueva víctima a través del puesto de periódicos que tenía en la plaza de Santo Domingo, y al día siguiente es registrado en Lima con ésa chica y otra más, hospedándose en un hostal del Centro y luego pasándole la posta a Elías Farfán Salazar, quién finalmente las transporta en un auto particular desde el Cusco hasta algún puerto del Inambari para internarlas en el Delta 1. Clara Quispe es quién articula, organiza y financia la captación y el transporte de las víctimas. Y por los días en los que se decidió atacarla, la banda preparaba el traslado de un nuevo contingente de chicas hacia el Delta 1.

En los días anteriores, en Huánuco, el comandante Pretel y sus hombres han seguido, filmado y capturado a José Romél Ramírez Céspedes y su hermano, Clever, alias, Lonja; y junto con el alférez Pineda, han llevado a cabo operativo que liberó a más de 20 chicas víctimas de trata en el Delta 1 y capturó a Karin García Guardanaula, de 26 años y a Leyla Emperatriz Calderón. Sólo falta capturar a la cabeza visible de toda la organización, a La Reina del Delta, que, enterada ya de que los miembros de su organización han sido capturados, está en condición de no habida en la Ciudad Imperial. Desde hace días, que el comandante Pretel busca en todos los domicilios conocidos que tiene Clara en el Cusco. Al tercer día, uno de los agentes del comandante ha hecho contacto con una de sus conocidas y la ha seguido hasta la casa donde ahora montan guardia los policías.

– Es ella –dice uno de los agentes, al reconocerla, cuando se asoma brevemente por entre las cortinas.Han dado con Clara Quispe Quispe, la Reina del Delta.

Cuando, un día después de obtenida la orden de allanamiento y detención expedidas por la fiscalía del Cusco, la policía se acercó a la casa donde estaba escondida Clara Quispe Quispe, el comandante Pretel se pregunta si sería necesario el uso de la fuerza para detenerla. Sin embargo, ni siquiera necesitaron mostrar la orden de allanamiento. La dueña de la quinta les abre la puerta sin mayores problemas y el contingente de policías, camina a paso ligero hacia el fondo del callejón, hacia la escalera que conduce al segundo piso. En la primera puerta de madera que encuentran, vuelven a tocar. Y esta vez les abre la amiga que había estado encubriendo a la Reina del Delta.

Dentro, Pretel ve una salón, una mesa pegada a la pared, unas cuantas sillas y un refrigerador. A un lado, la cocina, el baño, y la habitación de la amiga de Clara. Al fondo de la vivienda, donde debía haber un comedor, la chica había acondicionado otro cuarto, con una cama sobre un andamio sobre la que los policías encuentran a Clara, tumbada junto con un niño de tres años.

Durante los primeros minutos del operativo, mientas los policías registran la casa, Clara no logra salir de su estupor. El operativo ha tomado a Clara y a su amiga por sorpresa. A pesar de las precauciones, a pesar de que sabían que la policía las buscaba y que el resto de su banda había sido desarticulada en los días anteriores, no pensaron que caerían sobre ellas y las encontrarían tan rápido.

Un fiscal realizaba con ellos la inspección del domicilio.

– Tenemos una orden limitativa de derechos contra usted –dicen a Clara.

– ¿Una qué? – Clara parece no entender.

– Una orden de detención.

El apartamento es un lugar modesto, muy modesto para la cantidad de dinero que había estado moviendo Clara en los últimos meses, tal como los vouchers que encontraron los policías vendrían a demostrar: transferencias entre Puerto Maldonado y Cusco por siete y ocho mil soles, aproximadamente, que los administradores del Bar Taboo le hacían llegar todos los días.

En su primera reacción, La Reina del Delta ofrece un soborno a Pretel, al fiscal al resto de los policías.

– Podemos arreglar.

Es un montón de dinero, que rechazan.

Mientras uno de los agentes, comienza a leerle sus derechos –unos eufemismos a los que el verbo “gozar” agrega ironía (“ a partir de este momento gozará usted de todos los derechos y beneficios que la asisten como detenida”)– y conforme avanza la diligencia, Clara comprende que está perdida, que la trasladarán a Lima para que responda sobre los delitos que se le imputan y, al hacerlo, al asumir por fin la realidad, rompe en llanto.

– ¿Y ahora, con quién se va a quedar mi hijito? – el niño de tres años que no se desprende de las faldas, y llora asustado, sin saber por qué hay tantos desconocidos rodeando a su mamá.

– ¿Quién puede quedarse a cargo del menor?

Los policías logran averiguar que la ex–suegra de Clara también vive en Cusco y la mandan traer al domicilio para que se haga cargo del niño.

Y la imagen terrorífica de La Reina del Delta que podían haberse formado Pretel y sus hombres en los meses que duró poner en marcha el operativo, la enemiga, la delincuente que secuestra, extorsiona y esclaviza a otras mujeres como ella en el Bar Taboo, se desvanece frente a la muchacha asustada de 26 años que tienen delante, una madre soltera, una víctima de la necesidad, y luego de la avaricia, que, en ese momento, no sabe cuándo podrá volver a ver a su hijo.

 

About Gabriel Arriarán

Es el director de Frontera Pirata. Licenciado en antropología por la PUCP, MsC in Social Anthropology por el LSE. Trabajó como reportero en LaMula.pe, fue colaborador de la revista Frontera D, en España, y de la plataforma de periodismo de investigación Convoca.pe, en Perú. Fue uno de los periodistas que participó de la investigación de los Panama Papers. Escribe sobre la actual fiebre del oro en la Amazonía, e investiga casos de trata de personas asociados a las mafias de la minería ilegal.