Apocalipsis ahora

A inicios de esta semana, el gobierno bombardeó La Pampa, el campamento más grande de minería ilegal en Madre de Dios, que se había convertido en un territorio liberado. Un grupo de reporteros acompañó al equipo de fuerzas combinadas que ejecutó esta operación.

Texto y fotos: Agencia Imagen Perú

Se inicia la operación para recuperar La Pampa, ubicada entre los kilómetros 97 y 115 de la Interoceánica Sur.

La ciudad de Puerto Maldonado, ajena a los dinamitazos que estallarían horas después, dormía la madrugada del lunes 9 de junio. La luna alumbraba sus palmeras y sus calles desiertas, mientras los reporteros se dirigían a un aeródromo en las afueras del casco urbano. Allí se encontraba Daniel Urresti, alto comisionado para la Interdicción y Formalización de la Minería. Cuando el general en retiro terminó de dar declaraciones, una franja azul celeste ya se había instalado en el horizonte y los helicópteros rotaban sus aspas a gran velocidad. El operativo ‘Principio de Autoridad IV’ había comenzado.

“Esta actividad empezó hace casi 40 años y lo que se ha obtenido en todo este periodo es deforestación, degradación del medio ambiente y colapso del curso de los ríos. Ha sido un proceso tan dramático que en realidad ahora nadie puede explicarlo, simplemente quedan las fotos aéreas de la gran devastación amazónica y las toneladas de mercurio que nos estamos comiendo, que nuestros hijos se están comiendo”, señala Pavel Cartagena, consultor independiente en temas medioambientales que trabaja en Madre de Dios desde hace 10 años.

Hay que precisar un dato de Cartagena. La mal llamada ocupación de la Amazonía se disparó hace veinte años, cuando se ofertaron grandes predios a gente que venía con el único propósito de extraer todo el oro posible a cualquier costo. Incluso se le llamó la ‘fiebre del oro’, y el gobierno la promovía a través del Banco Minero, que daba todas las facilidades de financiamiento.

Tierra arrasada

El helicóptero se eleva con nosotros a bordo. Nos rodean rostros soñolientos. Son miembros de fuerzas combinadas de la Policía Nacional y del Ejército que reciben las primeras lanzas del sol. Vamos camino a una base militar. Antes de posarnos en la pista, alcanzamos a ver una línea de 15 buses que trasladarán a 850 efectivos de la policía a La Pampa, enorme herida de tierra de 22 kilómetros de largo, 50 mil hectáreas devastadas en medio de la exuberante selva de Madre de Dios.

Cuando el grupo de intervención está listo, rozando las nueve de la mañana, volvemos al helicóptero. En un suspiro estamos encima de La Pampa. Hay enormes pozos de agua, inmundos, tierra arrasada, quemada. Es una playa radioactiva en el corazón de la Amazonía. “Ahora viene lo bueno”, dice un policía que alista su equipo.

Es difícil creer que el día anterior estábamos pasando un domingo tranquilo, hasta que una llamada urgente nos informó del operativo. La invitación no podía llegar antes para que no se filtre el dato. Como lo reconoce el propio general Urresti: “la corrupción se da a todo nivel”.

“Hasta febrero se podía decir que la Policía estaba coludida, ahora no. No se han presentado pruebas, pero es vox populi que la policía de carreteras cobraba cupos y hasta escoltaba gente a La Pampa. Ante esto, lo que hemos hecho es cambiar de colocación a los policías de carreteras y se ha nombrado a un nuevo jefe, un comandante que tiene una foja de servicios intachable”, afirma el encargado del combate contra la minería legal.

¿Cuáles han sido los resultados de su estrategia? En enero y febrero el decomiso de combustible, en Madre de Dios, era de 300 galones al mes. Pero desde marzo, cuando se cambió al jefe de la policía de carreteras, el decomiso de combustible es de 10,000 galones al mes.

MEGA 14

Bajamos del helicóptero envueltos en una polvareda. Estamos en Mega 14, el último gran campamento de La Pampa. Aún antes de que retumbaran las explosiones que destrozaban motores, tolvas y motobombas, el escenario ya era infernal. Piense en Vietnam arrasado por el napalm.

Descomunales cráteres abrían sus fauces al cielo.Ninguna hierba crecía en este pampón apocalíptico, solo en sus bordes se erguían caricaturas de árboles, mustios palos secos, ramas sin hojas. Entre el polvo y el humo de las explosiones se creó una atmósfera dantesca. Nos desorientamos rápido ante tanta confusión. Mientras tanto, los policías parecían hormigas ingresando hasta al rincón más remoto de esta caótica colmena. Mega 14 era un laberinto de precarias viviendas hechas con palos y revestidas con polietileno azul. Había bodegas, locutorios telefónicos, tiendas de motores, hostales y burdeles.

En su huída, los jornaleros mineros habían dejado atrás refrigeradoras, televisores, motosierras, antenas parabólicas. Vimos gente aglomerada a lo lejos, un centenar de personas, con sus motos, con hijos a cuestas, hombres y mujeres de todas las edades. Estiraban sus cuerpos para ver qué habían quemado o destruido las fuerzas del orden, o si habían encontrado sus depósitos de combustible. Estaban más molestos que asustados.

“Ahora nos vamos a quedar quince días sin trabajo. Mire las plantas, están creciendo, crece cocona, tomate, es una vil mentira que el mercurio mata. Váyase a Puerto Maldonado, al hospital Santa Rosa. Vea si hay un solo muerto por mercurio, no hay ninguno. Deben decir lo que es la verdad”, reclama un minero.
Más allá, una mujer señala: “Yo siempre he trabajado como jornalera, esto me ha sacado de la pobreza, y ahora Ollanta Humala saca leyes y decretos que solo se aplican en Madre de Dios. Hasta para comprar combustible hay que mostrar DNI, nos están derrumbando, hay tantas madres solteras, tantas personas que no tienen adónde ir. Aquí no hay prostitución como dice la prensa. A  nadie se le puede obligar, las niñas solo apoyan a sus papás con sus ingresos, eso no es prostitución, no les están obligando”.

Finalmente, un señor proveniente de Oxapampa afirma: “Vine hace 10 años. En mi pueblo la economía esta pésima. En cambio aquí se puede ganar cien soles por día, un sueldo digno para un peruano. Si nos van a fregar, por lo menos que nos den una alternativa, un préstamo agrario o en ganadería. Acá todos hemos votado por Humala, y ahora nos da la estocada”. De pronto, en rechazo a la operación policial, el grupo de mineros ilegales, todos anónimos, empieza a corear el nombre de Keiko Fuijimori.

“No es cierto que los mineros ilegales quieran dedicarse a la agricultura o la ganadería. El 99% son migrantes que vinieron sin nada que perder de tierras pobres de la alturas de Cusco, Arequipa, y Puno. Vienen desde que inauguraron la Interoceánica Sur. Lo que ha hecho esa carretera es traer todas las lacras posibles de la sociedad a esta zona: trata de personas, explotación sexual infantil, delincuencia tráfico de drogas y de armas”, dice Pavel Cartagena, visiblemente molesto.

Para el consultor es inconcebible que los mineros ilegales defiendan el uso del mercurio. “Algunos dicen que ‘no hay problema, el mercurio es un metal pesado, se va al fondo del río y punto’. Pero ese mercurio se transforma en metilmercurio, que es la forma orgánica del mercurio. Y así, en los lechos de los ríos, crecen las algas con el metilmercurio integrado y esas algas son alimento de los peces menores y la cadena continúa hasta el hombre”, explica.

Cartagena detalla que se han hecho pruebas de cabello, y se han obtenido graves datos para el poblador de Puerto Maldonado.

Pero lo que es simplemente indefendible es la trata de personas. Aquí no hay chicas “que vienen voluntariamente para ayudar a sus padres”. Según la Policía, los mineros traen menores de edad de otros sitios del país con engaños, les quitan su DNI, y sobreviven en un régimen de esclavitud sexual.

Galecio, el especialista

Dejamos el diálogo con los mineros, cuando los policías se acercan a la carrera. Al verlos, los jornaleros emprenden la fuga. Dejan un par de motos tiradas que rápidamente son destruidas y quemadas por las fuerzas del orden.

De pronto, Galecio, un experto en explosivos, nos obliga a refugiarnos en una zanja. La policía detona una carga de dinamita que vuela un refugio subterráneo de combustible. ¡Buuuuumm! Un espiral negro se pierde entre las escasas copas de los árboles.

Por su especialidad, Galecio viaja todo el tiempo. Va  de operativo en operativo. Su centro de operaciones está en Pucallpa. Dice que está cansado y se pregunta si alguna vez podrá tener una familia con su tren de vida. Regresamos a Mega 14 y observamos a una fiscal abordando un helicóptero auxiliada por dos policías. Se ha dislocado el tobillo. Caminando encima de latas, controles remotos, vidrios y chapas, nos detenemos ante un escena surrealista. Frente a una laguna, más bien un charco pestilente lleno de mercurio, se yergue un toldo protegido por un cuadro del Señor de Q’oyllur Ritti. Debajo de la imagen hay varias ollas con arroces. Incluso hay un plato servido que un comensal dejó en su apresurada huida.

“Nunca me imaginé que la minería ilegal podía ser tan poderosa. Tampoco imaginé que la minería ilegal era una mafia organizada, porque entre todos se conocen, entre todos se cubren y entre todos hacen fuerza para detener la labor del Gobierno, hacen lobbies a todo nivel. Esta actividad mueve 2 mil 900 millones de dólares al año. Esa cantidad de dinero, esa masa monetaria, les permite intentar sobornar o corromper en todos los niveles del Estado, y en todos los organismos públicos y privados”, asegura el general Urresti.

El golpe en La Pampa es significativo pero no es el único. Las fuerzas del orden también han intervenido en Huaypetue (Cusco).

Solo en La Pampa se incautaron 220 motos robadas y se destruyeron 80 motores. Durante sus operaciones, la Policía también ha logrado rescatar a 30 víctimas de la trata de personas.
El objetivo de los representantes del gobierno es consolidar su presencia en La Pampa y Huaypetue para que no regrese la minería ilegal.

Lo que sigue a continuación son operativos en las zonas conocidas como Tres Islas, Diamante y Laberinto. Para diciembre –afirma Urresti– deben acabar con el 90% de los campamentos de minería ilegal en Madre de Dios.

Los helicópteros zumban encima de nosotros como abejorros metálicos. Los policías comienzan a comer su rancho para aligerar en algo sus mochilas, que pesan entre 25 y 30 kilos.

Entre la humareda y la basura desperdigada por el suelo de Mega 14 comen sus alimentos. Nos invitan arroz blanco con tacu tacu, todo embolsado herméticamente. “No está mal”, les decimos.

“Come eso todos los días a ver si tienes la misma opinión”, nos responde Magoo, un compañero de Galecio que usa unos lentes prominentes. A las dos  de la tarde todo ha terminado. Mega 14, la principal ciudadela de la minería ilegal en Madre de Dios ha sido destruida. Levantamos vuelo a Puerto Maldonado. Desde arriba, a pesar de ser de día, solo se ve un manto negro. Parece de noche. Y en esta región del país son las sombras las que más abundan.