Conservación y ‘eco–fascismo’

FENAMAD

Nativos no contactados

Si en algo coinciden conservacionistas radicales y neoliberales extremos es en que la conservación se opone tajantemente al desarrollo económico. Hablamos aquí, evidentemente, de una ideología –la conservación– creada junto con los parques nacionales, hoy emblemáticos, de Yosemite y Yellowstone en los Estados Unidos. Una ideología que luego fue exportada a Canadá y Europa, y hacia Asia, África y América Latina con el colonialismo comercial británico y estadounidense.En su libro Conservation Refugees, el periodista Mark Dowie explica cuáles fueron los pilares ideológicos de lo que hoy entendemos por conservación de la naturaleza. Se trata de un arroz con mango que pasa por el espiritualismo, el naturalismo, la misantropía y el romanticismo, forjado cuando la cara más horrenda de la expansión económica durante el siglo XIX amenazaba con destruir santuarios naturales en los Estados Unidos.

La idea original del padrino de la conservación, John Muir, era proteger estas áreas salvajes prístinas, (se pensaba en la época, no tocadas aún por el hombre) de cualquier intervención humana. De esta manera se creó el instrumento fundamental de la conservación contemporánea: el parque natural, en teoría, un área destinada exclusivamente a la protección de las especies de la naturaleza, sin poblaciones humanas ni actividades económicas que aprovechen los recursos de aquellos vastos territorios. Pronto  la ideología y su aplicación se exportaron hacia el resto del mundo,   y aunque tardaría todavía algunos años en llegar a América del Sur,  ya desde su concepción ambas ignoraron un dato fundamental de la realidad: que las áreas naturales protegidas eran y son el hogar tanto de miles de tribus nativas como de poblaciones (no necesariamente autóctonas) de pescadores, leñadores, mineros o cazadores, que se habían asentado en aquellas tierras muchísimo antes de la imposición de políticas como éstas.  Cientos y miles de derechos sobre el uso del suelo que precedían a las políticas de conservación de la naturaleza fueron desconocidos por las políticas ambientales y, como resultado: cientos y miles de personas fueron y son aun, convertidos en “Refugiados de la conservación”. 

El término “conservación” no es baladí en modo alguno. Una parte de los científicos naturales han sido y son precisamente eso: conservadores en el más amplio sentido moral del término. Algunos, incluso, han sido catalogados como “eco-fascistas”. Es el caso del biólogo John Terborgh, educado en la universidad de Harvard, profesor del departamento de ciencias ambientales en la universidad de Duke y director del Center for Tropical Conservation.

Terborgh pasa la tercera parte de su tiempo en el Parque Nacional del Manu, aquí en el Perú, y tiene allí uno de sus sueños. Dice Dowie sobre él (la traducción es mía):

Allí, él está enamorado, completo, feliz. Sueña con vastos territorios salvajes libres de las alteraciones humanas, extinciones en masa o climas caóticos innecesarios, un mundo prístino bullendo de fecundidad, donde la evolución no–humana procede a su propio ritmo, donde las especies crecen en vez de hundirse en número, y los signos de una biota saludable son todos vitales

¿Cuál sería el problema con esto?, se pregunta Dowie.

Muy simple.

Que el Parque Nacional del Manu, antes que fuera declarado como tal, era y es aún el hogar de los matsigenka. El territorio de esta etnia amazónica no forma parte de su ecuación. La naturaleza, para Terborgh es esta “red de interacciones que involucran a plantas y animales en diferentes combinaciones y en diferentes relaciones”. ¿Sólo plantas y animales?  “Los humanos no son parte de esta red”, afirma Dowie. “De hecho, son perversamente hostiles a la naturaleza”. La comprensión que Terborgh tiene sobre la “naturaleza”, por supuesto, contradice la manera como los pueblos indígenas se aproximan y comprenden su entorno, es decir, entra en conflicto con “casi todas las cosmologías indígenas que Terborgh asegura respetar”. ¿Y qué pasa con los matsigenka? Para Terborgh, la presencia de esta etnia dentro del Parque Nacional del Manu es obstáculo a  las actividades y  los fines conservacionistas del área natural protegida. Cuestiona que a medida que la población matsigenka crece, y usa escopetas o motosierras, la biodiversidad del Manu se pone en riesgo. Para él, el Manu ha pasado de ser un Parque Nacional donde todas las actividades económicas están prohibidas, a una reserva indígena, y la solución que propone a este dilema es que las etnias, que ya mantienen contacto con el mundo occidental, se “reubiquen voluntariamente” en lugares donde puedan tener acceso a educación para sus hijos y puedan participar de la economía monetizada. No es sólo que los matsigenkas salgan de la tierra en la que han vivido sus ancestros desde hace miles de años. Es que para biólogos como Terborgh “es necesaria la creación de una fuerza armada internacional que defienda áreas prístinas como el Manu de cualquier peligro antrópico”.

Conservation Refugees también es una extensa y crítica descripción etnográfica de la cultura organizacional y los cabildeos que las BINGO (las Big International NGOs, grandes ONG internacionales, por sus siglas en inglés) vinculadas al medio ambiente: WWF, CI, TNC y WCS, ejercen en Washington para captar fondos de fundaciones diversas y de instituciones como la ONU, principalmente, y con ellos crear y gestionar nuevas áreas naturales protegidas en países como el Perú. Se trata, dice Dowie, de instituciones que durante los últimos años han venido adoptando la ‘cultura corporativa’ de compañías trasnacionales petroleras y mineras como Shell, Río Tinto, Mobil o Exxon (de las que, paradójicamente, reciben fondos multimillonarios), organizaciones que en el papel claman respetar y promover los derechos de los pueblos indígenas pero, en la práctica, las políticas conservacionistas que promueven por el mundo son responsables de la generación –cita Dowie fuentes diversas– de decenas de millones de refugiados en todo el mundo.

Los movimientos indígenas que en los últimos años han sindicado a las BINGO como una de las amenazas a sus modos de vida –y las ideas que de ellos  recogieron y expusieron Dowie y  antropólogos como Marc Chapin (Chapin tiene un texto ya célebre, con el que se dio origen a todo este debate:A Challenge to Conservationists)–; forzaron a que las BINGO, a riesgo de perder los fondos multimillonarios que reciben de fundaciones como “The Gordon and Betty Moore Foundation”, o la Fundación McArthur, así como de instituciones vinculadas a la ONU, como el GEF (Global Environmental Facility, por sus siglas en inglés),  cambiaran sus políticas internas, principalmente respecto de pueblos indígenas. Dowie sostiene, sin embargo, que el cambio de paradigma en el modelo del área natural protegida ha quedado en el papel,  como una mera  declaración de principios.

Imposible dejar de pensar las ideas que Dowie expone respecto de las políticas de conservación que han marcado la política y la vida de cientos de miles de peruanos en regiones como Madre de Dios, con un 60% de su territorio como área natural protegida. Salvo la Reserva Comunal Amarakaeri (creada entre el 2006 y el 2007), todas las áreas naturales protegidas en Madre de Dios se impusieron sobre poblados agrícolas y comunidades nativas sin un proceso de consulta previa, en buena medida como el resultado de un lobby de ONG ambientalistas, muy influyentes en el antiguo INRENA y en el actual Ministerio del Ambiente.

Y sin tener que remontarse tan atrás en el tiempo:  la actual política de formalización e interdicción minera fue en gran parte el resultado de este mismo lobby, que vio en los mineros  un poderoso obstáculo a sus fines y desconoció derechos sobre el uso de la tierra que preceden a la creación de las áreas naturales protegidas. Fue el caso de los mineros de AMATAF, en el Malinowski, un centro poblado minero al que se sobrepuso el área de amortiguamiento de la Reserva Nacional del Tambopata, y que fue incendiado en julio último por el nuevo alto comisionado en asuntos de formalización e interdicción minera, por encontrarse dentro del área de amortiguamiento de la Reserva del Tambopata. Este es tan sólo uno de los ejemplos de cómo políticas ambientales empujan hacia la ilegalidad a poblaciones enteras y una vez criminalizadas, se las abandona a una intervención militar.La consecuencia de políticas como éstas en Madre de Dios: detenciones arbitrarias, allanamientos ilegales de propiedad privadapor parte de la policía, violenta represión de la protesta, con muertos incluidos, sin contar amenazas a periodistas y medios de comunicación, y ningún minero formalizado. Vale citar  aquí una de las frases del libro:

“Nunca nadie vio a alguna de estas ONG oponiéndose tajantemente a que pueblos indígenas (u otros colectivos) sean empujados fuera de sus tierras”.

Por eso, lo mínimo que puede decirse de Conservation Refugees es que se trata de un valiente y detallado informe periodístico, un periodismo a cabalidad, que busca la verdad y la publica y, por tanto, es políticamente incorrecto cuando tiene que serlo. Un libro fundamental para cualquiera que en el Perú o en el mundo quiera investigar seriamente los graves conflictos que producen las políticas ambientales que algunas ONG palanquean y defienden.

Un must.

About Gabriel Arriarán

Es el director de Frontera Pirata. Licenciado en antropología por la PUCP, MsC in Social Anthropology por el LSE. Trabajó como reportero en LaMula.pe, fue colaborador de la revista Frontera D, en España, y de la plataforma de periodismo de investigación Convoca.pe, en Perú. Fue uno de los periodistas que participó de la investigación de los Panama Papers. Escribe sobre la actual fiebre del oro en la Amazonía, e investiga casos de trata de personas asociados a las mafias de la minería ilegal.

A %d blogueros les gusta esto: