Relato de la infancia de Luis Otzuka

Entonces su hermano trabajaba en la madera en lo que hoy es el Parque Nacional del Manu, y él tenía 16 años cuando fue a buscarlo. Había acabado el curso en la secundaria de El Pilar, donde los misionera dominicos regentaban una escuela, y las vacaciones del verano, o, mejor dicho, de la época de lluvias en la selva, se abría con la perspectiva de algunos meses de libertad fuera del internado para varios de sus compañeros.

No para él.

Tenía que aprovechar el tiempo y trabajar.

Su padre –uno de los migrantes japoneses que fueron llevados como colonos a Madre de Dios como mano de obra barata cuando la fiebre del caucho estaba por terminar– había muerto varios años atrás, cuando él era todavía un niño; y su hermano mayor, esperaba que en esos meses le echara una mano en el campamento maderero que había instalado recientemente en el alto Madre de Dios. Por aquellos años, no habían carreteras que lo llevaran hasta allá, y su hermano le había enviado a un nativo machiguenga que tenía a su servicio como guía en el viaje de surcada por el río.

Cuando el nativo y él partieron, los días ya se habían hecho nublados y lluviosos y la corriente de los ríos acarreaban más caudal y era más fuerte. Los primeros días los surcaron sin novedad. Tomaba por lo menos una semana llegar hasta el Manu desde Puerto Maldonado; y ellos habían recorrido la mitad. Fue cuando vieron una enorme manada de huangas cruzando el río de una orilla a otra. Habían tantas y chapoteban tan fuerte que las aguas del Manu parecían hervir a su paso. El nativo no pudo aguantar la tentación de salir a cazarlas. Tomó su escopeta y lo dejó esperando. Pasaron las horas. El machiguenga no volvía. No llegó tampoco al caer la noche, ni a la mañana siguiente.

Aquella noche –y las noches que seguirían– las pasaría durmiendo sobre la horqueta de un palo delgado, porque había oído que los jaguares no pueden trepar por ellos. En la cima del árbol que había escogido vivían monos blancos que arrojaban las bolas de castañas del Brasil al suelo, y desde allí el veía como otros monitos se acercaban a ras del suelo a recogerlas y se ponían a merced de un jaguar que los esperaba agazapado y saltaba sobre ellos y los cazaba. Al tercer día decidió que tenía que hacer algo. Tomó su escopeta y se arrojó al río. Los caimanes y las anacondas que habitan en sus profundidades habían dejado de importarle.

– Ya no tenía miedo. Me había asilvestrado

Los hombres que su hermano envió a buscarlo lo encontraron tres días después.

About Gabriel Arriarán

Es el director de Frontera Pirata. Licenciado en antropología por la PUCP, MsC in Social Anthropology por el LSE. Trabajó como reportero en LaMula.pe, fue colaborador de la revista Frontera D, en España, y de la plataforma de periodismo de investigación Convoca.pe, en Perú. Fue uno de los periodistas que participó de la investigación de los Panama Papers. Escribe sobre la actual fiebre del oro en la Amazonía, e investiga casos de trata de personas asociados a las mafias de la minería ilegal.