Por lo menos los cebúes se lanzan al río.

En esta crónica de viajes narrada desde una de las lanchas que discurren y comercian por el alto Amazonas, la Gran Loretana, se revelan las características, las modalidades y las mentalidades asociadas a la trata de personas y la explotación sexual en el ámbito del narco, en el Trapecio Amazónico. 

Media docena de hombres fuerzan un cebú hacia la cubierta de carga de La Gran Loretana, a unos cuantos kilómetros río arriba de Santa Rosa, en la triple frontera entre Colombia, Brasil y Perú.

“Desde que, en el 2008, ocurrió la coloquialmente llamada Guerra de los Cartelitos entre los narcos Jair Ardela Michihue, Isauro Porras dos Santos, del cártel Los Galleros, y Alonso Mavesoy, el tráfico de drogas en la zona ha cambiado su dinámica sustancialmente”, afirma el Defensor del Pueblo de la localidad de Leticia, Carlos Villamizar.

En ese tiempo el comercio de la droga se hallaba en manos de Los Galleros. Según un reportaje de Ricardo Cárdenas para La República, a Porras dos Santos se le atribuía el asesinato de 40 personas, hasta que la gente de Ardela lo cosió a a balazos –en total fueron 18– en las cercanías de Cushillococha en agosto de 2008. Fue el inicio de la guerra de la que habla Villamizar. Entre esta fecha y el 2010, según otro reportaje de D. Aguirre para La República, Ardela ordenó el asesinato de al menos 20 personas, y desde el 2007 la Policía Federal brasileña había puesto sobre él una orden de captura por extorsión, homicidio y tráfico de armas, tres de las actividades económicas más comunes en el Trapecio Amazónico. Actualmente purga condena en Manaos, mientras que Mavesoy continua en libertad.

Desde entonces, el cultivo de la hoja de coca suele hacerse monte adentro de los puertos ribereños de Santa Rosa y Caballococha, mientras que la droga se produce al otro lado del río, en territorio colombiano, y se potencia un movimiento de ida y vuelta de hoja de coca, madera, drogas y personas.

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El puerto de Leticia, inundado

 

Uno de estos proletarios de la industria del narcotráfico viaja conmigo en la Gran Loretana rumbo a Iquitos, y juntos observamos la escena del cebú.

El estibador que lidera la operación tira de una cuerda atada a un anillo que perfora el hocico del animal. Coágulos de sangre caen sobre la cubierta mientras el rumiante muge de dolor. Otro hombre jala a la bestia por la cola, y otros dos lo empujan por las costillas. Desde la cabina de mando, el capitán grita que se apuren. La embarcación que va por delante de ellos les ha sacado dos horas de ventaja.

– No se han tomado su pingachado– bromea el capitán sobre la lentitud de sus obreros y su particular bebida energética, este extracto hecho a base de aguardiente y penes de mono pulverizados.

Un grupo de pasajeros observa la escena desde los balcones frontales de la embarcación, mientras el resto dormita en hamacas, a tan sólo dos metros por encima de donde se ha amarrado a los animales, en una sala hacinada y calurosa, que vibra con el permanente martilleo del motor de esta nave amazónica.

El cebú trota libre por la cubierta, embistiendo cualquier cosa que se mueva. El estibador que lo tenía tomado de la nariz se refugia entre las grandes cajas de la carga, como si de un improvisado burladero se tratara, y el animal arrastra al que lo tenía tomado por la cola, y lo hace patinar sobre sus sandalias como si de improvisados esquíes se trataran, en la plataforma que suelen tener en la proa las embarcaciones que comercian por el río Amazonas.

Martín había llegado a la frontera enganchado con una falsa oferta de empleo en Pucallpa, cuando tenía 16 años. Fue obligado a trabajar como “raspachín”, es decir, cosechando hoja de coca, en territorio del Perú, hasta que un operativo coordinado por la DEA exterminó las plantaciones y lo empujó, sin un cobre en el bolsillo, a un poblado tikuna no lejos de Tabatinga. Allí se casó con una indígena de esta etnia, que recibe un estipendio mensual de gobierno brasileño, mientras él trabaja ilegalmente como estibador en el puerto de Leticia, y es, o ha sido, una de las tantas víctimas de trata, tráfico de migrantes, y trabajo forzoso que pueden encontrarse en la región.

No existen números oficiales confiables ni un registro de la cantidad de personas que se mueven entre las tres fronteras. Durante el curso de esta investigación, me fue posible entrar y salir varias veces de Perú, Brasil y Colombia sin pasar por ninguno de los precarios puestos de control aduanero. Según un estudio realizado por la Organización Internacional para las Migraciones (OIM) , Estudio Investigativo para la descripción y análisis de la situación de la migración y trata de personas en la zona fronteriza Colombia-Brasil (2007) el trapecio amazónico fue declarado como zona franca y “Manaus […] sigue siendo el polo de atracción laboral y mercantil para la población fronteriza”.

En efecto, hacia allá es que se destina la mayor parte de la coca que se planta en Perú y la pasta básica y la cocaína que se procesan en Colombia.

“La policía no puede entrar a la localidad de San Isidro”, me había relatado uno de guardias fronterizos apostados en Santa Rosa, la noche anterior, antes que la Gran Loretana partiese rumbo a Iquitos, sin querer revelar su nombre. “A la localidad se entra por un caño, pero hay guardas clandestinos apostados en los árboles, o en las zonas altas, que hacen disparos de advertencia con las metralletas. Por ese caño que pasa toda la pasta y todo el brillante”, que es como conoce al clorhidrato de cocaína en el lumpen del alto Amazonas. La mayor parte, efectivamente, se embarca hacia Manaos. “Un kilo de brillante en la frontera te cuesta US$1200. En Manaos te puede llegar a costar hasta US$5000”. Y a medida que la distancia se alarga, la mercancía se aprecia.

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Paso clandestino en bote, de Leticia a Santa Rosa, cruzando por el Amazonas

 

Sin embargo, para las bandas de tratantes de personas que operan en el Trapecio no es necesario irse tan lejos, río abajo, para llevar a sus víctimas.

Frente a aquel puesto miserable de la policía fronteriza peruana, inundadas las habitaciones de los policías desde hacía meses por una crecida del Amazonas, existe una discoteca a la que cada domingo diversas redes de tratantes y proxenetas llevan a prostituir a brasileñas y colombianas, mientras que en la misma comisaría no existe una sola denuncia por trata de personas. Un estudio contratado por CHS–Alternativo (2012): La trata de personas en la triple frontera Perú–Brasil– Colombia, recoge –según testimonios de  la Coordinadora de DDHH de la Gobernación de Leticia y para el Comité de Trata de Personas–  que son los propios PNP quienes enganchan a las niñas fuera de las escuelas y las llevan a Santa Rosa, los días viernes, para hacerlas cruzar de vuelta a Leticia y Tabatinga los lunes.

“Suelen pasarlas entre las dos y las tres de la mañana, escondidas en los botes”, confirma Mónica Cadavid, de la Secretaría de Desarrollo Social de la Municipalidad de Leticia. “Y las esconden en los sótanos de los bares antes de llevarlas a Iquitos”, agrega: “en Leticia la gente no denuncia por trata de personas, sino, por lo general, por desaparición”, mientras que en el puesto policial de Santa Rosa, en Perú, no se registran denuncias ni por desaparición ni tampoco por trata de personas, un delito que ocurre, literalmente, frente a las narices de estos policías.  “La gente no denuncia”, continua este oficial peruano. “En parte porque aparecen poco después, al otro lado de la frontera, con una amante, o borrachos, o porque los familias de quienes han desaparecido saben que se han ido a trabajar en la madera o en la coca, y son conscientes que estos son negocios ilegales”.

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El bar Santa Rosa, frente al puesto de la Policía, en el lado peruano de la frontera

 

Para las autoridades colombianas existe un gran problema de coordinación institucional con las autoridades al otro lado del río, en el Perú. Se trata de un problema común a los tres países.

Tanto Cadavid como Mercy Gómez, de la Oficina Judicial de Investigaciones de Colombia, confirman la existencia de una banda de hasta 6 travestis que llevan chicas colombianas a las discotecas de Tabatinga en las que no se solicita la documentación en la puerta de ingreso, para explotarlas sexualmente allí. Se trata de discotecas, tanto en Brasil como en Colombia, adonde suelen llegar los trabajadores de la hoja de coca a gastarse el dinero que ganaron.

Según Cadavid, los tratantes suelen captar a chicas de bajos recursos en los de los los conjuntos de danzas folclóricas y grupos de baile escolares, mientras que los padres prefieren callan si ven regresar a sus niñas a la mañana siguiente con un puñado de reales, pesos o soles.

“Se sabe quiénes son esos tratantes”, afirma Gómez, pero en Colombia no se puede detenerlos por trata (a pesar de que transporten sus víctimas tan solo unos cuantos metros, pero cruzando una frontera hacia otro país, en este caso Brasil), “porque el delito no lo cometen en suelo colombiano”.

Gómez también narra el caso de Juan Carlos Parente, un tratante colombiano, hoy purgando condena, que llevó a varias chicas desde desde Leticia hasta Moyobamba, surcando el Amazonas, el Marañón y el Huallaga, y pasando previamente por los puertos de Iquitos, Nauta y Yurimaguas, sin que las autoridades les solicitaran la documentación ni los intervinieran. En Moyobamba, sus víctimas fueron recluidas en un bar junto con otras, peruanas, brasileñas, argentinas y una exclusivamente angloparlante aunque de nacionalidad indeterminada, también recluida y explotada sexualmente junto con las demás.

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Espejo de agua en un remanso del río Amazonas

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Puerto de Chimbote

En La Gran Loretana, viaja conmigo un joven policía. Entablo con él una conversación, y a ella se une un agricultor cajamarquino, casado en Nuevo Pevas con una de las fieles de la congregación de los Israelitas del Nuevo Pacto Universal.  En la cabina del capitán se oye la radio. Es una cumbia. La cumbia cuenta la historia de una mujer abandonada con su hijo. La pobreza, el hambre, las circunstancias, la han forzado a prostituirse para dar de comer al bebé. La cumbia habla de una madre que cometió un error por amor a su hijo, de cómo una madre haría cualquier cosa por su prole. Pero el niño se hace hombre sin saber cual es la verdadera profesión de su mamá. Comienza a beber y a drogarse. A pesar de los consejos de su progenitora, insiste con las malas juntas, que finalmente lo llevan a la cárcel. La madre pide la comprensión de los oyentes. Pero el hijo, ya encerrado, se ha enterado allí de la verdad y es él quien, desde la prisión, la juzga.

Entre cerveza y cerveza, el policía, el cajarmaquino y yo nos hemos quedado oyendo la canción. Pienso que esa cumbia daría para un musical extraordinario en Broadway.

Pero es el joven policía quien rompe el silencio.

Cuenta el caso de un compañero suyo. Sirviendo en el mismo alejado puesto fronterizo, uno de los padres de familia asentados por allá le había entregado a su hija a cambio de un poco de dinero. Y al día siguiente había denunciado al policía por violación en su mismo puesto de trabajo. Era una niña menor de catorce años. Si el policía no le entregaba 20 mil soles, proseguiría con la denuncia. El técnico entonces había tenido que viajar a Iquitos a pedir un préstamo, y de explotador sexual en menos de 24 horas había pasado a ser una víctima de extorsión.

– Son las mismas chiquillas las que se regalan –continuó el joven técnico– pero un consejo: si van a contratar los servicios sexuales de una menor, prepárenla para que diga que son enamorados, y confirmen que tenga más de 14 años, si no quieren ir a la cárcel. El sexo con menores de 14 califica directamente como violación. A partir de los 14 puede ser consentido, pero sólo si ocurre dentro de una relación amorosa.

El cebú ha vuelto a embestir contra las cajas.  Algunos pasajeros corren despavoridos al interior de la nave, hasta que el animal divisa la orilla y se lanza hacia el agua en una acción que, por su peso y volumen, y por la altura a la que se encuentra, parece desesperada, suicida.

Los que se han situado en la planta inmediatamente superior, junto al capitán, y a nosotros, estallan en carcajadas.

Les pregunto de qué se ríen, el pobre animal muge de dolor.

– ¿Es que algo nos está expresando este animal, y la risa de todos es la certificación de que lo que nos dice, es la pura verdad: que los que corren y los que miran viajamos en esa lancha en condiciones no muy distintas a las del ganado, pero salvo el animal, nadie guarda el buen juicio de embestir y llevarse por delante lo que se ponga al frente, antes de lanzarse desesperado al río?

El policía y el agricultor, escuchan, luego cambian inmediatamente de tema

El existencialismo no tiene ningún sentido en la selva.

Cristiano Ronaldo.

¿Es verdad que se depila las cejas?

Menos de un mes atrás, el pasado 8 de julio, La Gran Loretana era intervenida por efectivos de la Policía en Chimbote, una localidad ribereña cercana a Caballococha. La embarcación venía de Islandia, en la triple frontera, y se dirigía a Iquitos, transportando a una menor que viajaba sin la autorización de sus padres.

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La Gran Loretana y sus pasajeros

 

 

 

 

 

 

About Gabriel Arriarán

Es el director de Frontera Pirata. Licenciado en antropología por la PUCP, MsC in Social Anthropology por el LSE. Trabajó como reportero en LaMula.pe, fue colaborador de la revista Frontera D, en España, y de la plataforma de periodismo de investigación Convoca.pe, en Perú. Fue uno de los periodistas que participó de la investigación de los Panama Papers. Escribe sobre la actual fiebre del oro en la Amazonía, e investiga casos de trata de personas asociados a las mafias de la minería ilegal.