El desafío independentista catalán. El día después 

Escribe:

 Gabriel Arriarán

Estaba cantado que, en un proceso electoral caótico, sin garantías y sin observadores internacionales, y con urnas confiscadas o destruidas por la Guardia Civil y la Policía Nacional, en Cataluña ganaría el sí a la independencia. Y ganó el sí, con un 90% de la votación. Estaba claro, también, que ese voto, al menos estadísticamente representativo, no iba a ser. Y no sólo porque, con el voto voluntario, muchos se abstienen de votar, sino, porque en Cataluña existe al menos una otra mitad que, o no está de acuerdo con la independencia, y apostaba por un modelo federal, o que, más específicamente, buscaba que las partes pudieran entenderse y pactar una consulta pacífica y legítima. También se veía que, justo o no, el resultado del referéndum obligaría a que el Parlamento catalán se manifiestara, habiendo advertido previamente que de ganar el si (y no lo duden, ganaría el sí), los parlamentarios catalanes declararían unilateralmente la independencia de Cataluña del Estado español. Presumiblemente, esto se hará, mañana martes. Se contaba, por último, con alguna represión policial, pero no con una tan violenta, tan arbitraria, desproporcionada y tan generalizada como la que se vio ayer por todos los medios de comunicación. Más de 800 heridos por los ataques de la Policía y la Guardia Civil. Tanto que habló Mariano Rajoy que España, de ganar Podemos las anteriores elecciones generales, podía convertirse en Venezuela, ayer, él se disfrazó de Nicolás Maduro. Después de lo que sucedió ayer, hasta los que no somos catalanes apostaríamos por independizarnos de España, si España continúa gobernada por Mariano Rajoy y el Partido Popular. Si algo, el referéndum en Cataluña ayer alumbró en Madrid a un nuevo régimen autoritario.

A partir de aquí, la independencia de Cataluña se jugará en varias arenas políticas. La primera será la calle. Se ha convocado una huelga general, justo después de lo que, se espera, sea la declaración unilateral de la independencia. Y se prevé, ante la falta de recursos políticos e intelectuales del gobierno central español, mayor represión. Si ayer fue un milagro que con más de 800 heridos nadie resultara muerto, quién sabe qué pasará esta semana. 

Después estarán las instituciones catalanas. ¿Qué harán los Mossos de Esquadra, la policía autonomica? Algunos efectivos optaron por defender a los votantes de las agresiones de las fuerzas de seguridad del Estado español. El cuerpo de bomberos hizo lo propio. Otros, colaboraron con la requisa de urnas y material electoral. ¿Hacia qué lado basculará la principal fuerza del orden público en Cataluña, que hasta el momento, con poco éxito, buscó mostrarse neutral en el conflicto entre Barcelona y Madrid? Y a partir de allí, en una rápida sucesión, el resto de las instituciones también tendrán que optar por algún bando. 


También se espera que los eventos de ayer impacten sobre otros procesos soberanistas en España, como el del País Vasco y, en menor medida, Galicia. 
La segunda, será la arena internacional. La UE no podrá quedarse mirando el desafío independentista desde Bruselas, aunque en un principio, eso es lo que ha hecho, llamando al diálogo entre las partes y entregando su respaldo a Rajoy. Tarde o temprano, la UE estará obligada a interveni por lo menos en dos sentidos. Para mediar entre políticos catalanes y españoles,cada uno más terco que el otro, y evitar que el enfrentamiento derive en una violencia mayor que la que se vio por las redes sociales, principalmente por causa de la Policia Nacional y la Guardia Civil. Luego, para decidir sobre el futuro de Cataluña. ¿Podría ser Cataluña considerada como parte de la Unión Europea, habida cuenta de que España, uno de los socios del club, invariablemente votaría que no a la inclusión de los catalanes en el espacio común europeo?
Y por último, de nuevo estará la calle. El gran problema con este referéndum no es solo que Cataluña acabara separándose de España. Es que la misma sociedad catalana ha resultado dividida. Si no es la mitad, por ahí, hay muchísimos catalanes que no querían la independencia, o que, en todo caso, no la querían así. Ahora, los radicales los tildan de cobardes, o de traidores. Además, el problema no es la independencia en sí, sino la independencia para qué. ¿Con políticos y líderes que son tan corruptos, tan cazurros, y tan ineptos como los de Madrid, va a ser Cataluña un Estado mejor que el español? ¿Van a cerrar los CIES? ¿Mejorará la sanidad pública? Los Mossos, con miles de denuncias por brutalidad policial, serán una mejor policía que la Guardia Civil? Catalanes y españoles son mucho más parecidos entre sí de lo que a ellos les gustaría admitir. Y una vez independientes, los catalanes ya no podrán recurrir al desafío nacionalista ni tendrán a España como chivo expiatorio para ocultar los graves casos de corrupción que hay en la clase política catalana, o para ocultar la ineptitud política de líderes como Carles Puigdemont, actual presidente del Estado catalán. ¿Está la clase política española y catalana a la altura de los problemas de su tiempo? Todo indica que no.