Nueva campaña catalana

El espíritu catalán. Antoni Tapiès

Escribe: Juan Bautista Durán

Los fascistas del futuro dirán de sí mismos que son antifascistas.

Winston Churchill 

Es bonita la imagen que trae Ernesto Escobar Ulloa en su artículo, ésa de la fogata que era el independentismo hace diez años y el incendio forestal en que hoy se convirtió; pero no es cierto que antes no existiera, ni que fuera residual. El gobierno catalán se ocupó muy bien de introducirlo en las escuelas, eliminando cada vez más España de los libros de texto, presente solamente en sus defectos y agravios al pueblo catalán, con una incidencia mucho mayor en el interior de Cataluña que en Barcelona, ciudad hasta la fecha más abierta y diversa. Esto empezó a gestarse en los años ochenta, con Jordi Pujol de presidente.
La insensatez política que dio lugar a la propuesta de Estatuto de 2006 fue determinante para dar el vuelco político que el gobierno catalán deseaba, a las puertas del llamado tricentenario de la Campaña de Cataluña en la guerra de sucesión española, en la fecha de cuyo fin se celebra la fiesta de Cataluña. El año del tricentenario, el 2014, estaba en la retina de cualquier independentista desde tiempo atrás. Y José Luis Rodríguez Zapatero, poco después de ganar las elecciones al gobierno de España en 2004, cometió la irresponsabilidad de prometer en un acto público que aprobaría en el Parlamento español el nuevo estatuto que se decidiera en el Parlamento catalán, cuando no dependía de él pues no tenía la fuerza parlamentaria suficiente para aprobarlo. Habría de negociarlo con otras fuerzas políticas y, claro, ningún partido iba a ofrecerle a coste cero esa victoria personal. No se consiguió sino en 2010 tras años de brega y desencanto, y tras someter el texto a varios arreglos. 

Ese mismo año entraría en Cataluña un nuevo gobierno, de corte nacionalista y presidido por Artur Mas, que lejos de aportar sosiego inició el camino de la demagogia y la exacerbación.

En las siguientes elecciones, de 2015, Artur Mas lideró una coalición independentista que ganó las elecciones pero no consiguió el apoyo suficiente para gobernar y, tras meses de negociaciones, accedió a retirarse de la primera línea política para que, con otra figura delante, Carles Puigdemont, un partido antisistema (CUP) pero comprometido con la independencia entrara a formar gobierno. Con este partido tomando más protagonismo del que en realidad tenía, apenas diez escaños, aunque decisivos, el tono y las maneras políticas derivaron en insultos y desafíos, al punto de vulnerar los estatutos de su propio parlamento con tal de sacar adelante una ley de desconexión. El gobierno en funciones no obtuvo el apoyo suficiente, pero la presidenta de la cámara decidió que era más importante el fin que el medio y la aprobó igual. Esto sucedía este mes de septiembre de 2017, con el referéndum ilegal a la vista y la posterior «declaración unilateral de independencia».  

Desde el gobierno español la capacidad para sofocar esta deriva hacia lo que podría llamarse un golpe de estado ha sido nula, ciegos ante las demandas de una sociedad catalana cada día más convencida de que las milongas contadas por sus líderes se iban a cumplir. En primer lugar, como decían que Madrid robaba a Cataluña, aseguraron que el PIB de todo catalán iba a aumentar un 100% no bien se declarara la independencia. Y a partir de ahí las promesas y arengas al pueblo fueron en aumento y a discreción. Que contaban con apoyos y valedores en todo el mundo; que Cataluña es una nación superior a España y merece la libertad porque Madrid, el Estado español —la manera que ellos tienen de referirse a España—, les oprime; que las gestas españolas son en verdad gracias a Cataluña, El Quijote incluido; que la independencia no sería sino como un matrimonio que, de buena voluntad, decide divorciarse y seguir cada cual su camino. Y esto, ante el gesto impasible del Gobierno del Partido Popular, caló en seguida en la sociedad, ya que en el fondo es lo que se viene impartiendo en las escuelas catalanas desde hace más de treinta años. Y a quienes no les apoyan los llaman fascistas.

El mayor error del Partido Popular ha estado en no saber construir un relato que desmontara ese discurso, confiado en que la situación se normalizaría sola. En último momento decidió actuar con la ley y solo con ley, cayendo en unas excesivas demostraciones de fuerza que la demagogia catalana ha añadido a su lista de agravios. Pero ningún otro partido ni figura política relevante ha sabido intervenir y apaciguar la situación, antes al contrario, movidos todos por intereses electorales en el nuevo mapa político español desde la llegada de Podemos y Ciudadanos. Y el PSOE en tierra de nadie. Ahora deben contemplar atónitos cómo buena parte de la población catalana se cuadra ante la bandera secesionista con la mano en alto.