Oye, tenemos que hablar

Escribe: Alejandro Tellería

Perdonadme el egoísmo: me preocupan las cosas en mi casa. Ayer mis hijos volvieron a discutir por no se qué mierda de niños, que discuten cada día por cosas de niños de mierda. La pelea era algo así como que uno le decía al otro: ‘Tú sí’, y el otro contestaba: ‘Yo no’. Llegaron a las manos y con las manos se llegaron a las caras.

El presentador de televisión Berto Romero empezaba el programa Late Motiv del martes 3 de octubre –un show de la conversación nocturno de alta audiencia– de esta manera, equiparando en su monólogo inicial la tensión entre Cataluña y España con una pelea de niños. En el referendo independentista del domingo anterior, calificado por el gobierno central como ilegal y conocido en el país como 1-O, la actuación del gobierno del Partido Popular para manejar el desafío nacionalista fue deplorable: las fuerzas policiales combinadas enviadas desde Madrid se emplearon con dureza contra una población que solo reclamaba su derecho a decidir, y dejaron más de ochocientos heridos, impidiendo el voto de 750.000 personas por la incautación policial de urnas electorales según cifras de la Generalitat de Catalunya.

Por supuesto que el gobierno catalán debió haber organizado un referendo legal y no la burrada trágica del domingo, que ha implicado serios riesgos de seguridad desde el principio y que incluso ya había sido valorado como “catástrofe” por las alcaldesas de Madrid y Barcelona, Manuela Carmena y Ada Colau, en una entrevista hace menos de dos semanas. La Generalitat se saltó a la torera la Constitución política que debatió, aceptó, aprobó y firmó con España luego del final de la dictadura de Francisco Franco, con la intención de reavivar sueños pospuestos de independencia en la población catalana, que ha crecido con políticas educativas autonómicas que aun a día de hoy incentivan en ella sentimientos locales muy virulentos contra el Estado, el idioma y todo lo español.

Mientras tanto, la España contemporánea no tiene empacho en mostrarse como un país de modelos desfasados y hasta arcaicos de democracia y políticas públicas, que abren sus puertas a innumerables casos de corrupción de funcionarios y malversación de fondos en la mayoría de comunidades autónomas, incluida Cataluña, que también ha sufrido sonados casos del mismo estilo. El Estado español también tiene un redomado récord histórico de sordera a las peticiones de independencia que le ha hecho históricamente Cataluña, que devuelve con creces la moneda con una inflexibilidad férrea que siempre ha echado por tierra cualquier posibilidad de negociación.

Tuve que emigrar a Londres empujado por la crisis económica pero, habiendo vivido media vida allí, he formado y dejado buenos amigos catalanes, españoles y extranjeros en Barcelona; qué duda cabe. Son para quien viene de fuera la familia que escoge, y uno no se queda a vivir casi quince años sin interrupción en una tierra hostil. Sin embargo, muchos catalanes de a pie no (me) escuchan. Y, válgame la redundancia, de hablar ya ni hablamos, porque del sambenito de “estos extranjeros nacionalizados que se pasan la vida riéndole las gracias a España (sic)”, algunos no me dejan pasar. Lo bueno de este menosprecio es que es bastante democrático: mal puedo tomármelo personal, porque tampoco escuchan a los españoles, y ni entre ellos mismos se escuchan, prefiriendo vociferar lo que piensan sin perder el tiempo en escuchar, menos dejar hablar, al interlocutor. Y menos aún si éste es español y se siente catalán, mayormente por haber nacido allí y/o por haber pasado largas temporadas fuera del país: hoy, el fanatismo extremista ha hecho a este interlocutor invisible y le exige ser mudo. Es una pena, porque éste sí que (me) escucha, debate puntos y hace gala de ‘seny’ porque no gana ni pierde una discusión. Solo enriquece su intelecto y desea construir con sus ideas, más allá de  satisfacer una pasión.

Un diálogo en este estado de cosas se hace una tarea monumental, y sin embargo, es lo único que puede volver al cauce la polarización política de la Cataluña post 1-0. No ha habido una campaña donde se interpele al conjunto de los catalanes, donde no se llame peyorativamente de “espanyol” al que no quiere independencia y donde todo el mundo se explique, razone o debata; sólo hay gritos y confusión, y desde el domingo también hay sangre. Es preciso desinfectar de odio y limpiar de cerumen la discusión catalana en los dos bandos; en vez de ir a las manos y a las caras, hay que abrir los brazos, dejar caer las porras y recibir al hermano.

Oye; si estás de acuerdo únete y si no lo estás propón alternativas, pero lo importante, lo altruista y humano, es que tenemos que hablar.